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Allá por la década de los cincuenta yo sentía una irresistible atraccíón por Catoira y raro era el día en que no iba por allí, aún teniendo mi residencia en Caldas de Reis, quizás porque es un pueblo, ubicado en el centro de un bellísimo paisaje, en el que la gente vivía bien y con excelente humor, a cuyo convencimiento llegué de la mano de Baldomero Isorna, Rey Romero –cura y poeta—y Baldomero García Miguéns, más conocido por Merucho.

Como la vida entonces giraba en torno a la estación del ferrocarril, tanto los antes citados, como yo, Piñeiro Ares y otros de la misma cuerda, nos reuníamos a tomar los vinos en la cantina y así, un día y otro día, fue madurando la idea de crear el Ateneo del Ullán, que, desde el primer momento quedó bajo la doble dirección de Rey Romero y el procurador Isorna. Entre otras muchas cosas que se proyectaron figuraba la de convocar al mayor número de intelectuales y artistas gallegos, al pie de las Torres de Oeste, punto del que apenas se trató en los muchísimos trabajos que se llevan publicados sobre esta cuestión. Como antecedente haremos constar que, desde muy antiguo, muchos vecinos de la villa, una o más veces al año, se reunían en las Torres de Oeste, extendían manteles por el suelo y se atracaban de empanada, pollos asados y otros manjares, regados con vinos de la zona.

En la citada cantina, su propietario, Segundo Rodríguez Sánchez, nos cedió un exiguo apartado para sede social del Ateneo y allí, animados por el contenido de las pipas, brotaban las ideas como las lepiotas en el Otoño. Había que organizar un ciclo de conferencias, para culturizar al pueblo y se hizo, gracias a un amplio salón, entonces dedicado a almacén de trastos viejos, que nos cedió Emilio gratuitamente. Se retiraron en parte, se hizo una mínima limpieza y se instaló una mesa para el orador y dos bancos corridos para el posible público. Por allí pasaron figuras importantes, que nos deleitaron con sesudas conferencias, como fueron Luís Bouza Brey, Benito Varela Jácome, Rey Romero, Plácido Castro y no sé si alguno más.

Rey Romero escribió una pantomima, en la que retrataba al viquingo Ulfo como un hombre “casi” convertido a la amistad y alianza con los naturales, cautivado por el hechizo de nuestras mujeres y de nuestros vinos e imaginaba que, en su enésima incursión, va a su encuentro el Arzobispo Pardo de Mendoza y, tras un breve parlamento, lo convierte a la religión cristiana. Seguidamente, este buen mediador manda un paje con órdenes al Mayordomo del Castillo para que mate los capones más cebados y prepare los mejores vinos para obsequiar a Ulfo, el nuevo aliado.

Tanto el pirata como su séquito pillan una borrachera fenomenal y el señor de la fortaleza les recrimina el exceso, que es denigrante a la luz del Evangelio; es lo principal del texto, cuyo original obra en mi poder. Esto, como es lógico, entraba en el esquema de una posible romería viquinga, lo mismo que las grandes hogueras que habrían de encenderse en lo alto de las montañas aledañas. Incluso se propuso un enfrentamiento, entre huestes invasoras, desembarcadas al pie de las Torres, y los defensores de las mismas, expectáculo que se postergó por falta de cuartos, pero que hoy constituye el número más impactante del festejo.

La primera romería tuvo lugar en 1961 a la que yo no asistí, por razones que ya no recuerdo; pero fue la de 1962 la que marcó rotundamente una decidida andadura. Aquella mañana de julio, los primeros romeros que llegamos al paraje, nos encontramos con Xesús Santos, su cuñado Rodríguez y Rey Romero, “que velaron las armas aquella noche” y, poco a poco, fueron llegando todos los demás de la pandilla y numerosos vecinos e invitados.

Segundo Rodríguez había montado un chiringuito, en el que destacaban, como piezas principales, tres o cuatro pollos asados, a la vista de lo cual, nosotros, los organizadores, le pedimos que nos los reservara, minetras íbamos a Catoira a tomar el aperitivo. Pero al regresar notamos que nuestra comida había desaparecido.

–Veu por aquí Bouza Brey, con uns cantos amigos e levounos todos, con cartos na man—nos aclaró el cantinero, levantando fuertes protestas entre los presentes.

Al poco rato se presentó ante nosotros, con un pollo doradito, que nos enviaba Bouza Brey, al conocer el caso por boca de Segundo. Entonces le dí a Faustino una hoja de un bloc y un bolígrafo, para que le expresara nuestro reconocimiento, en verso. Asi nació una cuarteta que se hizo famosa: Meu amigo, Bouza Brey / moitas gracias por o polo / ¡ lástima que fora un sólo! /Sempre teu, Faustino Rey.

La réplica del abogado arousano no fue menos ingeniosa: Faustino Rey non te queixes / de que o regalo foi magro / ¿Por qué non fas un milagro / como o do pan e os peixes?.

La jornada remató con discursos pronunciados por los que se prestaron a ello, subidos a cajas de cervezas vacías y ante el pasmado auditorio de los indígenas presentes, que se divirtieron más cuando el grupo de gaitas “Os Areeiros” se pusieron a tocar muiñeiras y jotas. Actuaron gratis en honor a Baldomero Isorna y también porque el Ateneo, como institución cultural, carecía absolutamente de liquidez.

 

 

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Por Maximo Sar

Na taberna de Delmiro Sabucedo, achegábanse dous homes que, pola pinta, semellaban ser axentes da limpeza municipal, ou recolledores do lixo. De cando en cando dábanlle un chopo ás cuncas.

-Mecajo no mundo negro!(dí un)

-Estate caladiño, que che será millor.

-E logo, se vou pola túa casa e che pido tresentos euros qué pasa?…

-Que non vexa máis ós fillos se non chos dou! (mentres facía unha figa coa man tralo seu lombo)

-A vida do home de abaixo, sempre depende do que está por enriba.

De súpeto entrou pola porta un compañeiro dos anteriores, tamén profundador.

-O que eu digo é que non só é productor o que sacha, ou o albanel, ou o carpinteiro… Tamén o é o administrativo. O caso é que produsa.

-Pois o que eu sei é que por ahí hai moita planta que non produse nada.

-Hai que botarlle esterco (dictaminou o primeiro)

Eles ben sabían que o traballo, en xeral, está moi desacreditado.

-Xa din os vellos que o traballo cansa e racha a roupa, e que, se fora bo, xa o tiñan acaparado os ricos.

-Pon outras tazas, Delmiro!

-De que as queredes?

-Ponas de moquillo, que os pobres non estamos pra luxos.

(En moitas tabernas, os tasqueiros gardaban nunha xerra os restos que deixaban os siareiros nas cuncas. Era viño de segunda man, ou de moquillo, e por iso era máis barato)

–Hai que ajuantar todo o que veña, amigos (dixo o invitador). Como xa se disía naqueles versos: “Se Deus é todo bondade e amolados nos ten, fágase a súa vontade, será porque nos convén”

-Así é (confirmou outro). Tamén ouvín dicir que ós ricos parénlle as vacas, e ós pobres a muller e as fillas. En definitiva, todo ven quedar en aquelo de que non somos nada, e en coiros menos.

-E, sabes o do señor Manoel “Perendelos”? Disque está maliño!

-O corpo pídelle terra.

-Todos temos que morrer (aseguraba un dos profundadores). Ou pensas que vas quedar pra semente?

-Boeno, eu estou tan fraco que xa me queda pouco que morrer. Pra iso non lle ha faltar a ninguén un minuto.

-Pareseres funerarios (dixo o máis calado dos tres amigos). A vida tamén ten boas cousas.

-Eu o que sei é que temos que traballar sempre e tamén despois.

Como naquel intre pola televisión saían unha visitas de Nova Iorque, con inmobres de cento e pico de pisos e coches a milleiros a correr polas rúas, un dos tertulianos dixo, apuntando á pantalla:

-Oe, isos de ahí si que viven ben!…

-Pero eu penso: quen coño sacha o millo e as patacas nun sitio deses?.

-Xa as compran enlatadas!

O señor Serafín, que semellaba ser o máis listo, dou en xurar que envelenaban ós bebedores con “viños de teléfono e carretilla”.

-Ou sexa, o tasqueiro precisa mercancía, chama o almacén e deseguida lle traen o veleno. É un viño que está cheo de discursos, porque tolea a Deus. Un escoita tantas cousas. O Outro día Xaquín “o Bombeiro”, disía :”morra a marta, e morra farta” , i-eu repuxen : e non será millor, famento vivo que farto morto? Por certo, amigo Manoliño, seica mataches o porco e a min non me convidaches.

-Foi por evitarche o colesterol.

-E que mal che podía facer a tí o meu colesterol?

-Home, coidar de tí non é pecado. Cos anos algo tes que padecer. Non serás como o señor Sumay, o do Pazo, que chegou ós cen anos e endexamais padeceu unha enfermidade, nin toumou pastillas. Morreu cheo de saúde!.

Entón o señor Sabucedo dixo que era hora de pechar a porta e os bebedores pagaron o viño e botáronse á rúa, cara as súas casas.

Amor con grelos

Cuento para San Valentín

La conocí, me enamoré profundamente de ella, hasta el punto que no se apartaba de mi recuerdo y de mi corazón, la consideraba como la mujer soñada y un día nefasto, alguien me dijo que se marchara del pueblo, sin despedirse de nadie.

A partir de aquel momento, mi vida fue un calvario. La tenía presente a todas horas, con dolorosa nostalgia; veía su carita ingenua, de inocente mirada y su sonrisa que me enloquecía.

Cierto que entre ella y yo había mucha diferencia de edad… No se me ocultaba el dato, pero el amor es como una enfermedad que se apodera de ti, sin posibilidad de defensa. Si te da una gastroenteritis puedes tomar unas pastillas y te curas; pero si te invade el virus amoroso, no hay médico ni medicamento que solucionen el problema. Yo, a pesar de los pesares, era realmente feliz, por el simple hecho de experimentar tanta ilusión a mis años y, por otra parte, ¿Cuántos escritores se buscaron una novia en los umbrales de la ancianidad? Sin ir más lejos, nuestro premio Nobel, que contrajo matrimonio con una muchachita, cuando él era ya un carcamal. Es cierto que yo no soy un Camilo J. Cela, pero al fin y al cabo salgo en los periódicos y hasta me leen familiares y amigos -no todos- y, finalmente, mi querida Mary no es locutora de radio ni periodista, como Marina.

Pero todo esto no importa mucho al lado de la grandiosa realidad de mi amor. Había pasado más de un año y mi imaginación no descansaba pensando cómo sería un improbable reencuentro con ella: mis ojos se dilatarían de asombro, balbucearía su nombre, quizá resbalasen unas lágrimas por mis mejillas a causa de la emoción.

No pensaba abrazarla, parecería excesivo, pero si acercar mis labios a su cara para susurrarle mi secreto: “¡Te amo, Mary, te quiero para toda mi vida!”; y discurriendo así, en la soledad de mi despacho, lloraba mansamente presintiendo que mis fantasías no pasarían de eso.

¡Mas…  cuán cierto es que vivimos en un curioso mundo, donde puede ocurrir cualquier cosa!…

Como muchos jubilados de la villa, hago los recados indispensables para un adecuado abastecimiento familiar. Llamo al super, me entero de lo que hay en la pescadería y me reservan la compra.

Aquel día hacía un frío glacial y, antes de salir, además de enrollar la bufanda a mi cabeza, para amparar la nariz, mi hija menor me obligó a poner un gorro -hecho por ella- rematado por una borlita colorada… De vuelta a casa, traía en una mano mi cartera, una bolsa con fruta y otra, asomando por sus bordes, un manojo de grelos; en la mano derecha cargaba con una bolsa más, con el resto de la compra, un gran xurelo para asar al horno y un paraguas. Por el camino me crucé con mi viejo amigo Jesús, que se rió de mi gorrito, me comparó con un esquimal, de vacaciones en Galicia, y apuntó que me vendría bien disponer de un tercer brazo, para repartir mejor la carga.

Súbitamente, cuando pasaba por delante del “Bar Universal”, algo escorado de babor, veo ¡Oh, cielos!, a mi Mary, que me sonreía desde la puerta del establecimiento.

Como tengo visto en multitud de películas, en circunstancias normales, lo lógico sería emprender ambos una carrerilla, para encontrarse en la mitad del trayecto y fundirse en un abrazo apasionado. Pero para ello, tendría que arrojar al suelo la impedimenta que portaba, en cuyo caso quedaríamos rodeados de verduras, un xurelo gigantesco, varias latas de aceitunas, naranjas rodando en caprichosas direcciones y otras mercancías que, en conjunto compondrían una secuencia más propia de una charlotada que de un film de Romeo y Julieta, a que aspiraba. No se daría un mínimo de romanticismo, sino una grotesca situación. Y hasta yo mismo no llevaba puesto el traje de los domingos, con camisa, chaqueta, corbata y pantalón conjuntados, ni olería a “o de Roches pur Home”, que suelo usar. Era como una imagen viva del ridículo.

Tampoco me pareció digno recurrir a la huida cobarde. Me quedé clavado en el sitio, como una estaca, esperando que me tragara la tierra; pero la tierra no me tragaba.

–Buenos días-dije estúpidamente.

–Buenos grelos-repuso Mary, muerta de risa.

Adiós tiernos abrazos, adiós declaración de amor susurrada y adiós a la hermosa novela, de amor y esperanza, que hacía más de un año tejía mi mente…Y todo por una risotada, provocada por mi extravagante traza, un xurelo y unos renuevos de naviza o sumidad de los tallos del nabo; es decir, grelos de Santiago, que son riquísimos, pero tan terriblemente prosaicos que matan cualquier amor en que ellos se interpongan.

¿Amor con Grelos?… No, gracias.

Mi hija, la reina

Me considero un ciudadano normal, funcionario del Estado jubilado, propietario de un piso de 100 metros cuadrados, en un edificio que cuenta con 30 viviendas, más o menos coma la mía. Soy un típico elemento de la clase media española, que vivo desahogadamente en la tranquila villa de Caldas de Reis, que solamente la altera un tráfico infernal. No me quejo de nada. Nunca me tocó la lotería ni nunca fui protagonista de ningún acontecimiento especial. Escribo en prosa y verso y en mis tiempos jóvenes mi seudónimo fue conocido, puesto que colaboré, bastante intensamente, en la Prensa de Galicia. Pero las experiencias que me acechaban no las podía ni soñar, aunque poseyera la imaginación más calenturienta de este planeta.

Fueron unos minutos que, de repente, cambiaron mi vida para siempre.

Aquel día, mi hija Belén, que trabaja en la Xunta de Galicia y viene a visitarme con cierta frecuencia, me dijo:

– Papá… tengo que confesarte. bueno, no es fácil…

De momento empecé a sudar. Primero porque la conozco bien y sé que es fantasiosa y de ella se puede esperar cualquier sorpresa. Además no me hace nunca el menor caso o, en otras palabras, hace lo que le da la gana.

– Bien ¿qué pasa? – dije con resignación cristiana y temiéndome lo peor. ¿Acaso te reconciliaste con tu novio?.

– No… en realidad es que ahora tengo otro.

– ¿Otro? ¿No será algún pelafustán con “piercigns”?.

– No, papá, la cosa es más seria de lo que te crees… Tengo una relación formal con Felipe de Borbón, el Príncipe de Asturias, a la que vamos a dar carácter oficial y nuestra intención es la de contraer matrimonio dentro de unos meses.

Yo estaba viendo la televisión, un programa sobre los líos que se traen Humberto Janeiro, su hijo Jesulín y la Campanario y, al mismo tiempo leía el periódico. Era “El Correo Gallego”, que se me cayó de las manos.

– ¿Qué bebiste? ¿Te tomaste alguno de esos cubaslibres que tanto te gustan?. Si tomaras Ribeiro “Vilerma” otro gallo te cantara.

– ¡Que no, coño!, ¡que es cierto!.

– Mira, ¿pedimos la vez para el siquiatra?. Si hay suerte te recibe mañana.

– ¡Qué hablo muy en serio!

Empuñó el telemando y cambió de canal, coincidiendo con un informativo de sobremesa: “Se acaba de hacer público -decía el locutor- el noviazgo del Príncipe Felipe con una chica gallega, funcionaria de la Xunta, de nombre Belén Rodríguez. La soltería del heredero de la Corona, que tanto preocupaba a los españoles, parece que toca a su fin. Seguiremos informando.”

– ¡¡Dios mío!!  ¡Mahoma!  ¡Alá!  ¡Buda y Visnú!. ¡Por todos los dioses de todos los cielos!. ¿No se tratará de una pesadilla o de una broma monstruosa? – clamé con los brazos alzados al techo.

En tal punto sonó el móvil de mi hija y se puso a hablar con una feliz sonrisa en los labios.

– Felipe, cariño, estoy aquí, con mi padre… sí… sí… le he contado lo nuestro y se quedó alelado… te lo pongo.

Cogí el móvil con espanto y lo apliqué a mi oído.

– Sí, D. Máximo, soy Felipe de Borbón y estoy loco por su hija Belén.

– ¡Presfher… carcumias… perfoncios- fue lo único que conseguí farfullar.

– Ya hablaremos con calma -remató la voz del que acababa de hablarme.

Tuve que administrarme un valium 10. Yo vivía separado; aunque llevaba muy buena relación con mi ex-esposa. Le comuniqué  la noticia.

– ¡La leche! -contestó- ¿Quién de los dos está como una cabra?.

Según supe posteriormente, llamó a su médico de cabecera, que le recetó un sedante, porque, al fin y a la postre, también lo supo por la tele.

Que cosas tiene la vida. Mi hija venía a verme cuando podía y en estas ocasiones preparaba la comida, lavaba los platos, limpiaba el cuarto de baño y dejaba el piso como los chorros del oro. Por ello yo le llamaba cariñosamente “mi Cenicienta”. Y mira por donde, el cuento se volvía realidad en mis propias narices.

Cuando salía a la calle me estaban esperando todos los vecinos del barrio y los curiosos que se iban sumando, los cuales prorrumpieron en aplausos y vítores y, en medio de tal algarabía, entré en el “Bar Narciso”, donde sus propietarias, Marisa y Bea, me felicitaron efusivamente. El establecimiento se abarrotó en segundos y yo recibí abrazos y apretones de mano de conocidos, amigos y desconocidos.

– ¡Abran paso, abran paso! -gritó alguien con voz autoritaria.

Un número indefinido de representantes de los medios de comunicación, armados con cámaras, alcachofas y grabadoras, expulsaron a los vecinos y se agolparon a mí alrededor, de manera que me vi rodeado de objetos que recogían mi imagen y mis palabras. A mis oídos llegaban las preguntas un tanto confusas y yo las contestaba un poco al buen tuntún: “Si, claro, estoy muy satisfecho”. “Es un enorme honor para mí”. “No pienso cambiar, seguiré con mis viejos hábitos”. “Yo les deseo toda la felicidad del mundo”. Cuando me vi en el televisor me pareció que había salido bien, menos un cuadro de la “fervenza” de Segade, que colgado en la pared del bar, estaba un poco torcido.

Aquella misma tarde me vino a ver Jaime Alfonsín, Secretario particular de D. Felipe. El padre de D. Jaime, natural del vecino concello de Barro, fue un hombre muy importante y ocupó altos cargos en el Ministerio de Hacienda. Su presencia y, sobre todo, sus consejos, lograron poner un poco de orden en el caos de ideas en que se transformara mi cabeza desde que había estallado la increíble noticia. Le pregunté cómo había de tratar a los Reyes y me informó que “de Sus Majestades”, mientras ellos no autorizasen otra fórmula más campechana. Me referí a mi temor cuando tuviera que sentarme en el comedor real, con mis egregios consuegros y el Cuerpo Diplomático, y contemplase el arsenal de tenedores, cuchillos, cucharas, cucharillas, servilletas, copas, etc… que estarían desplegadas delante de mí, alrededor de la pila de platos que me hubiese correspondido. Me interesé por otros problemas: ¿cómo se comía la centolla si figuraba en el menú del día? ¿Y si tenía que ir al baño en el medio del almuerzo?. Jaime Alfonsín se reía a mandíbula batiente y me fue aclarando todas las dudas, infundiendo en mi una cierta dosis de confianza. Me anunció la visita del Príncipe para el día 17.

Ni que decir tiene que mi teléfono fijo lo tenía descolgado todo el día y sólo utilizaba el móvil, cuyo número únicamente lo sabían mis hijos, mis hermanos y contados amigos. Todos ellos me felicitaron cariñosamente y algunos le pusieron toques de humor: “¡Qué tal Altezo!” ¿Tienes que hacer una genuflexión cuando veas a tu hija? “¿No tendrás que alquilar un frac y una pajarita?” “¿Le vas a llamar Juancar a tu consuegro?”. Y así cosas por el estilo.

Pero yo no acababa de centrarme. Yo, un humilde ciudadano, un mísero pagador de impuestos, ¡padre de la futura Reina de España!. Cada vez que lo pensaba me entraban temblores. Yo no era de sangre azul, ni lejanamente. Mi abuelo materno, que se llamaba Melitón Buján Otero, era un reputado artesano de la plata, nacido en Valga y establecido en Padrón. Cuando niño, en el seno de  mi familia se susurraba que teníamos un cierto parentesco con Carolina Otero, “La Bella Otero”. Quizá fuese mi único antecedente glorioso, pero impropio para lucir entre la realeza, porque, como se sabe, mi presunta y hermosa prima arruinó a unos cuantos príncipes europeos. En contra mía se  podría aducir que uno de mis bisabuelos había tomado parte en aquel asalto que sufrió el Monasterio de Armenteira, en el siglo XVIII. Pero, bueno, esto resultaba inocuo de tan antiguo, sería una especie de baldón ya caducado.

O sea, que mi mente hervía con encontrados pensamientos. Tampoco la gente descansaba y los vecinos de la villa me paraban por la calle para pedirme los favores más raros, como una administración de loterías para una hija coja, una plaza de cartero, un puesto de trabajo en la Xunta “do que sea, calquera cousa”, en la RENFE o en Castromil, incluso una recomendación para conseguir el carnet de conducir camiones… ¡Yo que sé!… La gente pensaba que ya era como Dios, que lo podía todo.

¿Y cuál sería mi porvenir?. Desde luego no pensaba cambiar de casa, ni de costumbres. Eso sí, dado el elevado rango que iba a tener mi hija, parecía lógico que a mi se me hiciese objeto de alguna distinción. Un marquesado por ejemplo: ¿Qué tal Marqués del Xiabre o del Bermaña?. No estaría mal. O Marqués de Seixumil, un riachuelo que corre por Saiar. A mí siempre me gustó. ¡Es tan enxebre y tan eufónico!… ¡Marqués de Seixumil!…Decidido… Sólo faltaba la aprobación real.

Los medios de comunicación no me dejaban en paz. Se había despertado en ellos un tremendo interés hacia mí y hacia mi modesta obra literaria. Un agente de “Editorial Planeta” me pagó treinta millones por la publicación de mi novela inédita “Vacaciones en Marte” y prometió volver para hacer una escolma de mis mejores artículos de humor “a cambio de un bonito cheque”, me dijo guiñando un ojo.

Me llamaron de todos los diarios de Galicia, solicitando mi colaboración. Los millones empezaron a bailar ante mis ojos como deseables odaliscas. ¡Que orgulloso se sentiría mi padre si viviese!. Cuando yo era joven nunca logré inspirarle confianza; más aún, él pensaba que jamás llegaría a ser importante, ni siquiera medianamente, vista mi escasa dedicación a los libros. “¡O fillo de Enrique, o do Estanco, leva matricula de honor! -me decía- ¿E tí qué?. Endexamais serás nada”. En apariencia tenía razón, pero no contó con las vueltas que dan el mundo y la vida.

Por parte de la televisión se me hicieron ofertas tentadoras. En “Salsa Rosa” me ofrecieron un talón en blanco “si les contaba todo”; en “Aquí hay tomate” me hablaron de tres milloncejos. María Teresa Campos derrochó simpatía y consiguió que le concediera cinco minutos de charla telefónica, para su programa “Día a Día” por el módico precio de cinco millones. La verdad es que la telebasura me caía muy mal, pero los cuartos que te daban estaban extremadamente limpios y su aspecto adorable. No voy a hablar más de este tema porque ya se ocuparon, con extensión y muy oportunamente, Idoia Fernández y María Porteiro, en su libro “El Belén que armó Belén”.

Mientras tanto, sucedían cosas. Por ejemplo, el anuncio oficial del noviazgo, con más de trescientas cámaras apuntando a los novios. Yo estaba sobre ascuas porque mi hija -tan querida para mí- fue siempre imprevisible, díscola, y transgresora. Al principio todo fue bien: mostró el anillo de pedida, de un valor aproximado a un par de pisos en la Puerta del Sol, en Madrid, y no pasó nada. Luego el Príncipe enseñó su regalo, que era un ejemplar mecanografiado y elegantemente encuadernado de  “O que cría  o casulo”, obra mía en castellano aunque el título estuviera en gallego. Cuando el acto iba a terminar, mi hija Belén, con su natural desparpajo, dirigiéndose a una de las cámaras, largó:

– Quiero saludar a Vermila, Silvia, Macu, Lucy y Elenita, buenas amigas de mi infancia.

Excuso decir que, tanto el Príncipe como los Reyes, los periodistas y los invitados, rompieron en una estruendosa carcajada, seguida de aplausos, lo que aflojó la rigidez del protocolo, pero que sirvió de choteo mediático varias semanas, coincidiendo con aquel “raro-raro-raro-raro” que pronunció el padre de Julio Iglesias, en una entrevista que le hicieron en el mismo día.

Se acercaba el día de la visita y pensé en la conveniencia de concertar una tregua con mi ex-esposa, Teresa, y ella aceptó con gusto. Claro, estaba feliz por todo lo que había pasado y porque se había embolsado no sé cuantos millones en exclusivas concedidas a los especialistas del sector rosa. Me prometió simular que llevábamos buena relación y ayudarme en todo. Le sugerí que fuera pensando en un menú apetitoso, que impactase a D. Felipe, cosa que no le sería difícil, puesto que era una cocinera excepcional. No sabía realizar platos de diseño, pero a mí esto no me parecía importante. Al contrario, yo quería que el futuro Felipe VI catase cosas nuestras, las más enxebres. ¿No era lo lógico?.

Llegó el día grande. Yo había guardado el secreto, pero el caso fue que el recinto de las Palmeras estaba abarrotado. Detrás del grupo de recepción, encabezado por este cronista y mi ex-esposa, e integrado además por el Alcalde, comandante de puesto de la Guarda Civil y otras autoridades, se amontonaba el vulgo, ruidoso y vocinglero. El centro de máxima atención éramos mi ex y yo, acompañados por los hijos, nietos y hermanos. Para reforzar a la policía local acudieron efectivos suficientes de Pontevedra y Vilagarcía, que garantizaron el orden y la seguridad.

Dominaba el ambiente el rumor de la multitud, a falta del ordinario fragor del tráfico, que había sido cortado, estableciéndose las consiguientes alternativas. Alguien había puesto una gran pancarta, que cruzaba la carretera y que decía: “A Felipe de Borbón le saluda la tierra del roscón”. Se veían, entre el público, otras más pequeñas: “Felipe y Belén nos caen muy bien”, o “Príncipe con corona nadie te desmorona”, que aún no sé lo que quería decir. La que expresaba “Lo mejor de Caldas, debajo de las faldas”, la mandó retirar el Alcalde. Había quien se pasaba, como la Mexillana, una señora histérica que no paraba de gritar: ¡Viva Doña Belén!. ¡Viva D. Felipe!. ¡Viva D. Maximino!.

¡Esto es la leche! -pensaba durante la espera- ¡yo, un gusano como quien dice, consuegro de Juancar y de Sofi!. Tenía derecho a llamarlos así ¿o no?. Siempre fui un hombre tímido, más espectador que actor y ahora me encontraba en el pináculo de la popularidad… Era demasiado fuerte ¿No se trataría de una pesadilla?. Mi ex-mujer no hacía más que centrarme la corbata y asentar las solapas de mi chaqueta.

En el aire estalló una tremenda bomba de palenque, provocando la huída en masa de los miles de estorninos que moraban en lo alto, entre las palmas. De pronto, visto y no visto, apareció una rutilante limusina, de la cual descendieron, en medio de un revuelo de policías y guardaespaldas, S.A. Real y Dña. Belén, o sea, mi querida hija, la cual se abalanzó para abrazar a su madre y, luego a mi, y seguidamente a los demás parientes. Dn. Felipe -¡Jesús, que alto es el chico!- nos estrechó la mano con una sonrisa y repartió frases amables entre todos los presentes. El Alcalde le impuso la Medalla de Oro de la villa y un pergamino que lo acreditaba como Hijo Adoptivo. La Banda de Música de Lantaño, que estaba en la parada de taxis interpretó el Himno Nacional. Sólo se produjo un incidente, sin importancia y fue que Juan Losada burló la barrera de seguridad y le espetó al egregio visitante,

– Don Felipe: Pirrén é bo mozo ¿non si?.

Don Felipe se le quedó mirando risueño y le siguió la broma.

– Bo mozo, claro que es buen mozo.

– ¡Pois pódeo levar pra a casa!.

Mi hija Dña. Belén, se apresuró a aclarar a su prometido que se trataba de ese loco que hay en todos los pueblos y que el nuestro, afortunadamente, era pacífico. De todos modos, entre Bacariza y otro de los guardias, se lo llevaron en volandas. En un instante de casi silencio que se produjo, surgió un grito de entre el gentío.

– ¡Viva D. Maximino, o consogro do Rei!

La reconocí. Era la “Filla de Vicentiña” que me tenía en gran estima.

Se formó un cordón policial, que llegaba a la entrada del “Edificio Victoriano Blanco”, donde yo vivo, para contener al público dentro de las aceras y poner orden entre los informadores, cada vez más atrevidos. Uno de ellos, que me era conocido de verlo en “Aquí hay Tomate”, estiró el brazo, acercando la alcachofa a mis narices, al tiempo que preguntaba si yo pensaba correr con los gastos de la boda. Hice como Jesulín de Ubrique, lo miré con desdén y torcí la cabeza hacia el lado opuesto. “¡Qué tío, menuda jeta!”. Yo bien sabía que mi respuesta, en exclusiva, valía un montón de millones y el muy joputa la quería gratis.

Llegamos a mi casa, anticipando a Felipe que era más pequeña que la suya. Por lo pronto tuvo que agacharse un poco para franquear la  entrada y, aún así, se golpeó la frente con la lámpara del vestíbulo; le ofrecí una tirita, pero la rechazó. No había sido nada, un insignificante chichón.

En el salón se detuvo largamente ante la media docena de cuadros de Pesqueira Salgado, de los que soy orgulloso propietario, y que le parecieron de notable originalidad. Entonces llamé su atención sobre otros que tengo de Torres, las hermanas Bará, Prego y Rosa Alonso, una gran pintora asturiana, reconocida y apreciada por toda la crítica. Felipe repentizó análisis certeros de cada uno, admirándome su cultura pictórica.

Luego invité a los presentes, que apenas se revolvían en la estancia, a un albariño y a unas nécoras de la Ría de Arousa, cuya ingestión estuvo a punto de plantear un pequeño problema, porque mi futuro yerno y su familia estaban habituados a la comida de diseño, estilo Toñi Vicente, que no conlleva manipulación alguna. Todo lo que te ponen es tajada y no hay que preocuparse por las espinas, los huesecillos, ni las cáscaras ni nada. Casi ni tienes que masticar. Entonces yo le indiqué que de la nécora sólo se comía lo de dentro. Tengo que hacer un inciso para aclarar, que desde muy joven, soy un experto devorador de nécoras y hasta profesor en este arte, figurando entre mis alumnos un viejo amigo, ya fallecido, que fue Decano de la Facultad de Derecho y que se apellidaba Otero. El siempre me lo agradeció. Bueno, pues el Príncipe, después de una lección, despachó tres o cuatro despiezándolas con inusitada habilidad. ¡Caray, además de alto, guapo y noble, era listo!.

Después se enfrentó a una empanada de xoubas, hecha con harina de maíz, especialidad de mi ex-mujer, que resultó un acierto porque Felipe se chupo los dedos literalmente y su entusiasmo rebasó todos los límites cuando cató unos trozos de pulpo “a estilo feira”. El vino era del que produce Marisol Bueno, que lo comercializa con la etiqueta “Pazo de Señoráns”, que le encantó a mi regio huésped, al que le salieron hermosos colores rosados en las mejillas. Para rematar comimos un “tiramisú” que hace magistralmente Dña Belén, o sea mi querida hija.

¡Mi hija, la futura Reina de España!… Díos mío, yo no sé cómo soportaba tan tremenda emoción.

La reunión -en la que también figuraron el Alcalde y las autoridades antes citadas- fue muy agradable y llegó a la ebullición al descorchar la botella número quince. El Príncipe se preocupó por todos, habló con todo el mundo, olvidándose del protocolo, tanto que ya comía los trozos de empanada cogiéndolos directamente con los dedos. Nosotros nos interesamos por sus viajes y los temas que más le gustaban, entre los que mencionó la Ecología y la Astronáutica. “Me gustaría tomar parte en el primer viaje tripulado a Marte”, me confesó en un aparte que tuvimos.

Jaime Alfonsín señaló que era hora de partir y con el Príncipe y Doña Belén a la cabeza, descendimos hasta el portal, donde esperaba la limusina. Nos despedimos con cariñosos abrazos y besos, con el clamor de fondo que formaba el vecindario a todo lo largo de la Avenida de Sagasta y el estruendo de las bombas.

Un poco a hurtadillas, antes de los adioses, le di a Alfonsín una caja de seis botellas de aguardiente de Carracedo -tres de hierbas- y un roscón.

Después de haber escrito estas primeras impresiones, únicamente añadiré que me llegó una sorprendente proposición. Los de “Interviú” pretendían sacarme, en cueros, en la primera página, por 40 millones. No sé… tengo mucha tripa. Claro que con unos retoques informáticos me quedaría como Eswancenager -o como se escriba-. En fin, tengo que pensarlo.

Pelos Retortos

Debe de tratarse dun relato de orixe popular e inédito, pois a min contoumo miña avoa, cando xa cumprira os noventa anos, e, polo tanto, nacera na segunda metade do século XIX, e ó parecer a ela contárallo a súa nai. Imos alá.

Por aquel tempo vivía na Trabanca de Arriba, “Pelos Retortos”, nunha casiña que daba á estrada de Ribeira e, pola parte de atrás, tiña unha horta, e nun curruncho, medraba unha figueira que daba moitos e saborosos figos que, por tentar roubalos, algún pillabán tiña levado máis dunha tunda, porque o vello durmía cun ollo aberto e un fungueiro sempre a man.

Pero un fato de mozos da vila, que andaban de troula acotío, deron en saber que o señor “Pelos Retortos” tíñalles terror ás ánimas en pena, e unha noite, postos de acordo, vestíronse con sabas brancas, con buratos para os ollos, e levando cadansúa vela e, ao tempo de soar as doce da noite no reloxo do Concello, saltaron o valo e nese intre o señor “Pelos” achégase á fiestra, e ve como dúas filas de pantasmas, con fachos nas mans, desfilan pola súa horta cantando con trépedos de ultratumba:

Cando eramos vivos

comiamos figos.

Agora que somos mortos

comemos a “Pelos Retortos”

O ouvir tal cousa, saíu o vello coma un foguete cara á casa reitoral, para que o señor Cura lle acudise co hisopo da auga bendita. Mentres tanto, os larpeiros fartáronse de comer figos, e aínda levaron un saco ben cheo para despois.

Dous nenos distintos

DOUS NENOS DISTINTOS

 

Máximo Sar

 

Nesta datas o máis doado e falar do Neno Xesús,cousa que encaixa na nosa tradición cristiana;entón eu pretendo salientar as precarias condicións en que naceu o Salvador e fun consultar o caso o Evanxeo de San Lucas, que nos conta como María e Xosé camiñaron hastra Belén, para se empadronar por orden do Emperador César Augusto, e como na hostería xa non cabía nin o gato e,de outro lado, a Virxen ,que  estaba embarazada, púxose de parto, tiveron que buscar amparo nun alboio, e a probe naiciña puxo nun pesebre o pequerrecho envolveito nuns panos vellos. Quen iba a salvar a Humanidade do pecado, e proclamar a hirmandade de todolos homes de mundo, sentando as bases da civilización occidental,veu a primeira lus nesta Terra dun xeito miserento, nun cortello emporcado, somentes arroupado por unha vaca e un boi, que lle daban calor coas suas bafaradas, a pesares que o detalle das bestas non é cousa dita polos Evanxeistas. Tampouco nos contaron o que manxaría na sua infancia, ainda que supoño trataríase de leite callada, dátiles, figos e mel que eran alimentos de moita mantenza naqueles tempos.

En troques, agora, neste século XXI, cando unha muller ten a primeira falta,vai correndo o obstetra, que lle fai unha ecografía, dalle bos consellos e un réximen dietético, a xogo cou seu estado, e mándalle voltar pola consulta cada dous meses, e o se achegar o día, ten que facer ximnasia, dar paseos e ir o sicólogo; e a piques de rachar augas xa a meten no quirófano do Sanatorio, xunto co home que a sementou, e o sair o neno déitano sobor do seo materno, dempois límpano ben e o aparcan na maternidade, antre outros varios, que as veces se trabucan as enfermeiras e danlle o rapás os que non son seus pais.¡Qué máis dará,si se semellan moitísmo!.

E logo todos se matan a coidalo: os pais, os abós,as tías, e veña a bicar en él. e a facerlle chis..chis… e monicacadas; e lle cambean os pañais cando caga –que o fai de cote–, dempois de lavarlle o cuiño, darlle fregas de bálsamo Bebé e polvos de talco e vísteno moi vestidiño e bótanlle colonia Nenuco  e sempre a chamarlle “o noso reisiño”.

E algo máis adiante danlle potitos de chirimoia, que teñen sona de axudar o desenrrolo dos cativos, e outras gorxonadas, como lacasitos, conguitos, bistés con patacas fritidas, e hastra bailan o seu redor para que coma máis.

Pasou boa xuventude; endexamáis lle faltou ren, e cando lle chegou o tempo de estudar, mandárono a Universidade, onde non acadou titulación ningunha. Máis, por outra banda, foi tanta a sua apricación e adicación , que chegou a ser coñecido en Compostela,con toda xusticia, como “O Rei do Botellón”.

CALDAS DE REIS 1911

CALDAS DE REIS , 1911

 

 

Máximo Sar

 

  Entre otras cosas, se reprochaba a Camilo Torres que ocupase la acera de su casa con todo género de caballerías  –pues era veterinario—y que las atase a los árboles de la carretera, en los que, al parecer, causaban daños. A Paco Búa se le acusaba de obstaculizar la calle con cajones de su negocio y se pedía que la luz eléctrica alumbrase donde hiciese falta y no en los puntos que conviniese a los amigos de Laureano Salgado. Se instaba al médico Sesto a que visitase con igual cariño y asiduidad tanto a pobres como a ricos, si bien tal acusación tenía visos de venganza política, pues era proverbial la probidad de Dn. José . Al Ayuntamiento se le advertía que sus sesiones fuesen públicas y que los presupuestos municipales se confeccionaran y se expusieran conforme a derecho. De otra parte en esta letanía de desafueros, se añadía que Laureano Salgado había construído y colocado abusivamente unos peldaños para su casa, invadiendo terreno público  –lo cual continúa hoy en día—y en este plan de clarificaciones se pedía que las cuentas de  la Iglesia de Santo Tomás y las de reedificación del Asilo –que se había incendiado—fueran impresas y repartidas profusamente, haciéndose público el modo y forma en qué se hizo la casa rectoral y de dónde salieran las misas para construirla.

   La guerra periodística contra el cacique Laureano Salgado, era implacable: ”Se revisará el plano de las travesías para que se sepa, a ciencia cierta, si Dn. Laureano ocupó terreno de ajena propiedad al construir su palacio (se refieren al edificio en donde estuvo el Banco Pastor ). Y sigue la lista: ”Se explicará satisfactoriamente si en las expropiaciones de terrenos para la vía férrea de Pontevedra a Carril, se tomaron como de propiedad particular los que pertenecían al común  de vecinos”. Otra curiosa súplica era la de que “se dieran a conocer los nombres de los labradores damnificados por inundaciones, a los que se le hubiese entregado parte de las 5.000 pesetas, que el Estado había concedido a Caldas, para este fin, y cómo se han invertido las 11.593’13 pts. , que existían en caja el 1 de enero de 1904”. Lo simpático del caso es que las escaleras que ilegalmente construyó el cacique, en el edificio del “Banco Pastor”, invadiendo terreno público, siguen allí y nos imaginamos que seguirán eternamente.

   Al final del comentario que se insertaba en “La Democracia” del 28 de mayo de 1911, se formulaban varios interrogantes, terminando con el siguiente: ”¿Qué se hizo del dinero recaudado para erigir una columna al diputado Sr. Sagasta?”